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El corazón del doctor Livingstone descansa en las colinas de esta isla prodigiosa bañada por el Océano Índico. Sobre la tierra en la que se escondió el último latido de aquel luchador contra la esclavitud creció un árbol de cuya madera salió la pequeña cruz que preside la catedral anglicana de Stone Town, la capital de este archipiélago mágico de Tanzania.
Recorremos Stone Town y su mezcolanza de estilos arquitectónicos. Los minaretes se levantan aquí y allá, los edificios coloniales surgen al lado de un templo hindú, las retorcidas callejuelas poseen un marcado acento árabe, el mercado de Darajani nos aguarda para zambullirnos en una miríada decolores, formas y aromas, a su lado se levanta un hammam de estilo persa... Zanzíbar es tierra de fusión y encuentros: aquí nació la lengua swahili, fruto de la unión entre el árabe y las lenguas bantúes africanas.
Cabotando el continente africano llegaron hasta esta islita de la costa estelos barcos de egipcios, griegos y fenicios. Más tarde la descubrirían los marineros persas y árabes y algo después los portugueses, que instalaron aquí un puerto intermedio para sus viajes de Asia a la metrópoli lusa. El dominio portugués duró siglo y medio, hasta que el sultanato de Ománse hizo con la bella ínsula y la convirtió en el centro de su comercio de esclavos.
Como en otras islas que bordean el continente, Zanzíbar posee un amargo pasado relacionado con la trata de seres humanos. Un millón y medio de africanos pasaron por los espeluznantes calabozos de la isla de camino a su mercado de destino. Para no olvidar aquella horrible tragedia humana se levantó una iglesia en la que aún pueden verse los restos de una actividad que funcionó a pleno rendimiento hasta principios del siglo XX.
No deja de resultar paradójico que el privilegiado entorno isleño sirvierade telón de fondo de semejantes atrocidades. Aquí la vegetación es de un verde esmeralda espectacular y la nuez moscada, el cardamomo, el jengibre, la canela y el cacao crecen esparciendo su aroma arropadas por una lujuriosa selva repleta de aves, donde vuela más de un centenar de especies de mariposas (algunas grandes como la palma de una mano) y aún deambula el escasísimo leopardo de Zanzíbar. En la reserva de Jozani, podremos ver, con un poco de suerte, un simio endémico de la isla, el Colobo rojo.
Los fondos marinos del archipiélago de Zanzíbar son, si cabe, tan asombrosos comola superficie de la isla. No en vano, los arrecifes de coral de Boribo, Nyange, Murogo o la costa norte de la isla son la Meca de los submarinistas de todo el mundo. Bajo las olas de este lado del Índico los colores y la vida se multiplican: peces de todo tipo y color, manadas de delfines, tortugas... Hasta el tiburón ballena es un visitante habitual de estas extensiones de coral.
Zanzíbar es una isla tranquila y a la vez poderosamente vital, una magnífica combinación propiciada por sus gentes, que viven de la pesca, el cultivo de las especias, la artesanía y, cada vez más, del turismo.
Contemplar la vida local es el único consuelo que le queda al visitante para remedar el infortunio de no poder quedarse bajo estos cielos intensamente azules e integrarse en el trajín de los pescadores descargando de sus dhows (catamaranes de pesca) la abundante pesca atrapada en los arrecifes.
Mientras nos deleitamos con cualquiera de los manjares que ofrece esta tierra de manera casi espontánea (acaso una piña fresca, un coco, o un buen pescado a la brasa) quizá en la playa un corro de mujeres chapotee en el agua espantando bancos de peces hacia su cerco de redes. Las capturas se venden a pie de barca, mientras un revuelo de niños risueños juega al fútbol en la arena.
Cae la tarde y de la ciudad llega el canto del muecín; es la hora de la oración del magrib para la mayoría de los habitantes de la isla, de profesión musulmana. Las mujeres se dirigen a la mezquita envueltas en telas profusamente coloreadas al tiempo que el sol se hunde lentamente al oeste de la isla.
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