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Manila es hoy una metrópoli de diez millones de habitantes que muestra al visitante los acusados contrastes sociales habituales del sudeste asiático: el lujo más despampanante se cruza cada segundo con la más honda de las miserias.
Los conquistadores españoles sabían lo que se hacían cuando decidieron situar a este lado de la isla de Luzón la capital del nuevo archipiélago sobre el que gobernarían hasta 1821 los monarcas españoles. Manila domina la bahía homónima, de una extensión de 2.000 m2 y que dibuja una magnífica ensenada natural, escenario de numerosos avatares históricos. No en vano, las Islas Filipinas fueron codiciadas por todos los colonizadores posibles, quedando finalmente bajo el control –y cuando no, influencia- de los Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial.
Manila se expande en unárea urbana de 635 km2 que incluye en su interior varias ciudades: Pasay, Makati y Mandaluyong al sur, Ciudad Quezón y San Juan al este y Caloocan en el norte. Además de estas poblaciones, Manila esta estructurada en 14 distritos municipales.
La enorme extensión de Manila propicia la existenciade infinitas realidades distintas dentro la misma ciudad. Así, en Binondo hallamos el barrio chino de la metrópoli mientras que en las áreas de Ermita y Malate, a lo largo de la bahía, nos toparemos con la principal zona turística, repleta de grandes hoteles, restaurantes y centros nocturnos.En Sampaloc se ubica la zona educativa, fundamentalmente compuesta por universidades privadas, y en Santa Mesa está enclavado el palacio presidencial de Malacañang. El importante centro financiero de Manila se encuentra en Makati, un distrito provisto de lujosas residencias.
Poco queda de Intramuros, la antigua ciudad española mandada construir por Legazpi. Incendios y terremotos la destruyeron regularmente, y pese a que siempre volvía a resurgir de sus cenizas, no logró recuperarse totalmente su devastación definitiva durante la II Guerra Mundial. En esta zona posee especial interésla iglesia de San Agustín, construida en el siglo XVI por Juan Macías.
Frente al edificio religioso se encuentra Casa Manila, reproducción de una vivienda colonial española del siglo XIX que permite conocer los modos de vida de los españoles que vivieron por estos lares. Otro de los pocos restos conservados de la vieja ciudad es el fuerte de Santiago, denominado así en honor de Santiago Matamoros (y es que, cuando los españoles llegaron a Filipinas tras haber terminado con Al-Andalus, se encontraron con que, al otro lado del mundo ¡también había musulmanes!).
El fuerte fue utilizado a lo largo de la historia por españoles, británicos y japoneses. Durante la II Guerra Mundial el ejército japonés lo convertiría en un lugar de amarga memoria, puesto que sirvió de marco para las torturas y ejecuciones inflingidas a miles de personas por parte de la policía militar japonesa. Tras la reconstrucción del fuerte en 1950, se transformaría en parque y el lugar sería declarado Santuario de la Libertad.
Para finalizar la visita a la Manila histórica es aconsejable visitar el santuario de José Rizal, héroe nacional que luchó contra la ocupación española y que fueejecutado el 30 de noviembre de 1896. En su honor se alza una imponente estatua que preside el Parque Rizal, donde encontraremos un jardín japonés y otro chino que bien merecen un paseo.
Una zona de abigarrado color local es el mercado de Quiapo, situado en el barrio donde se asienta tradicionalmente la población china. En sus puestos se puede hallar literalmente cualquier cosa y aún mantiene la tradición del regateo.
La oferta museística de la metrópoli es amplia y variada, aunque conviene destacar el Metropolitan Museum, que exhibe una impresionante colección de arte prehispánico, y el National Museum, donde puede contemplarse parte de un galeón español hundido en la bahía de la ciudad.
Quizás a estas alturas de la visita el día esté comenzando a declinar y sea aconsejable buscar un lugar adecuado para cenar. Existen en este punto varias opciones recomendables: montarse una cena con pescado y marisco en el mercado de Parañaque, comprando los productos frescos uno mismo y llevándolos a cocinar a unos de los numerosos restaurantes de la zona, o bien acudir a los pantalanes que sostienen el espectacular Harbor View, al final del South Boulevard. Cientos de bombillas de colores iluminarán nuestro ágape al tiempo que disfrutamos de la brisa de mar y de la atención de camareros tocados con un pañuelo al estilo Sandokán.
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