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Damasco

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De la capital de Siria decía el poeta Abu l-Hasan Ali: “Damasco es un paraíso/ donde el forastero olvida su patria”. Y es que la antiquísima Dimasq siempre ha sido objeto de deseo de reyes, militares, comerciantes, artistas y viajeros.

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El famoso trotamundos tangerino del siglo XIV, Ibn Battuta, decía de esta ciudad a orillas del río Barada que “aventaja y gana a todas las otras ciudades en belleza y buena disposición. Cualquier descripción, por larga que sea, se queda corta en comparación con su hermosura”.

Damasco tienea gala ser la ciudad habitada de manera ininterrumpida desde hace más tiempo. Por aquí pasaron arameos, asirios y babilonios, tras cuyas huellas vinieron los persas. Alejandro Magno la tomaría trescientos años antes de Cristo y siglos después serían los romanos los que disfrutaran de la ciudad. Finalmente, en el año 635, las tropas musulmanas del califa Omar allanarían el camino para la gran época de esplendor de Damasco, cuando fue la capital del Imperio Omeya. Su tormentosa historia continuó a lo largo de los siglos: los cruzados intentaron conquistarla en numerosas ocasiones, Tamerlán la incendió y la dejó arder durante tres días en 1400 y los turcos la ocuparían durante centurias, dominación a la que siguió la de las potencias occidentales, proclamando los sirios finalmente su independencia en 1946.

Esta apretada serie de sucesos históricos, batallas y ocupaciones no han mermado un ápice la hospitalidad del pueblo damasceno, bien conocido en todo el mundo árabe por su excelente acogida al visitante. Lo único peligroso de Damasco es el tráfico que atruena en sus vías principales, al que sólo se puede hacer frente con valor y arrojo. Si logramos cruzarla avenida Zaura (Revolución) y acceder a la vieja medina por alguna de sus ocho puertas, ya no deberemos asustarnos de los vehículos a motor; en la ciudad vieja los coches apenas caben por las estrechas callejuelas, así que podremos detenernos con calma en la terraza de un café a disfrutar deun arguile (pipa de agua) y de su sabroso tabaco aromatizado. Si no fumamos, lo mejor para sobrellevar los bajones de tensión veraniegos -o los intensos fríos invernales- será tomarnos un qahua, exquisito café aromatizado con cardamomo.

Con el borboteo del arguile a nuestros pies podemos contemplar la vida damascena. Esta ciudad sí es un crisol de culturas: dentro de sus viejos muros o en sus barriadas más modernas residen musulmanes sunníes y shiíes, cristianos maronitas, católicos y ortodoxos, drusos... Todos tienen cabida en esta ciudad, capital de un estado rigurosamente laico.La riqueza damascena no es sólo religiosa, también es étnica: árabes, kurdos, armenios, turcos y una buena comunidad de europeos cohabitan esta gran capital oriental.

El monumento más famoso de Damasco –y con razón- es la mezquita Omeya, un magnífico edificio de corte clásico embellecido por mosaicos de motivos florales y arquitectónicos que aluden al paradisíaco vergel que espera a los musulmanes tras su muerte. Mandado construir por el califa al-Walid en el siglo VIII, un millar de obreros y artesanos se afanaron en levantarlo en apenas una década. Trece siglos y muchas guerras después, la mezquita aún sigue concitando admiración.

Otro lugar digno de visitarse en la parte vieja de la ciudad es el Palacio al-Azzem, construido en el siglo XVIII como residencia para el gobernador de la ciudad. Sus patios, jardines y salas ricamente ornamentadas lo convierten en la construcción civil más bella de Damasco.

No podemos dejar la medina sin perdernos por el zoco Hamadiye. Reformado durante el siglo XIX, no resulta tan intrincado como otros mercados árabes, pero está repleto de tiendas que ofrecen los más variados productos y enseres. Cubierto en su totalidad,es un lugar más que agradable por el que transitar durante las horas caniculares.

Para hacernos una idea de la extensión de Damasco y admirar su abigarrado urbanismo, es más que recomendable subir –preferentemente a la caída de la tarde- hasta el cercano monte Casiun, donde se puede disfrutar de unas magníficas vistas de la ciudad sobre la que dijo el poeta medieval Sharaf ad-Din: “Tierra en que el guijarro es perla, el polvo ámbar/ y las brisas del norte como vino frío”.


 

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