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De Tánger hasta Tan-Tan, la costa occidental de Marruecos ofrece una sucesión de playas kilométricas, ciudades de un blanco restallante, acantilados de arenisca y gentes sencillas y hospitalarias que viven de los recursos del muhit al-atlasi, como se conoce en el mundo árabe al océano Atlántico.
Sin estar incluidas en los paquetes turísticos habituales, que suelen contener un recorrido más o menos apresurado por las ciudades imperiales, las localidades y parajes que jalonan la fachada atlántica marroquí acogen, año tras año, a un mayor número de visitantes. Tal es el caso de Asilah,una ciudad a escasos kilómetros de Tánger cuyo torreón portugués de sillería contrasta vivamente con las casas enjabelgadas de la medina y un cielo azul profundo.
Asilah es coqueta y silenciosa, cosmopolita y tradicional, blanca y añil… Su cercanía a Tánger la ha convertido en un destino frecuentado por aquéllos que sólo disponen de unas horas para tomar contacto con Marruecos y, ciertamente, es el lugar ideal para un primer rendez-vous con el país norteafricano.
Pocos lugares en Marruecos mejores que Asilah para degustar un buen plato de pescado o marisco. Desde una humilde ración de sardinas hasta una langosta, la frescura está garantizada; “La Palmera” o “Casa Pepe”, cuyos nombres son resabios del protectorado español, son quizás las mejores direcciones de la ciudad para comer, aunque también encontraremos locales más que dignos para disfrutar de un buen cus-cús o de un té con hierbabuena en la calle que corre paralela a la muralla de la vieja medina. Durante las noches de verano, esta zona de la ciudad bulle animada con el trasiego de turistas, vendedores ambulantes y parroquianos a los que apenas iluminan las velas que chisporrotean en las terrazas.Asilah se recorre en un suspiro, y su quietud parece querer invitarnos a disfrutarla más quedamente, sin prisas, escuchando las conversaciones de los viejos pescadores junto a los oxidados cañones que un día defendieron este antiguo enclave que fue sucesivamente portugués y español.
Rabat esotra cosa: es la capital del reino y eso se nota, pero esta circunstancia no ha hecho abandonar a los rabatíes su proverbial savoir vivre, que los convierte en ciudadanos cultos, tolerantes y extremadamente amables. Menos bulliciosa que Casablanca, Rabat ofrece al visitante numerosos atractivos, entre los que se encuentra la kasbah de los Udaia, un recoleto barrio blanco fortificado que se eleva sobre la costa y en el que deberemos recalar aunque sólo sea para disfrutar de los insuperables cuernos de gacela —un dulce tradicional marroquí, ligero y aromatizado con azahar— que venden en suJardín Andalusí, una espléndida terraza muy frecuentada por la población local desde la que se contempla una magnífica vista de la ciudad y de la desembocadura del ouad Bu Regreg.
No podemos abandonar Rabat sin visitar la vecina Salé, una pequeña ciudad con ambiente de pueblo desde la que se contempla una hermosa perspectiva de Rabat, con el la torre Hassan vigilando el horizonte urbano.
Si continuamos nuestros viaje hacia el sur llegaremos a la bellísima ciudad de Essaouira (en árabe “La bien construida”), donde el aroma de la madera de tuya se mezcla con las vaharadas de yodo y salitre provinentes del Océano. Esta ciudad es cada temporada más frecuentada por los surferos, que han hallado en sus playas abiertas y ventosas un lugar ideal para cabalgar las olas. En Essaouira no podemos perdernos su puerto pesquero, repleto de barquitas de un azul intenso, y el trajín de los pescadores que van y vienen cargados de jureles, pulpos, cangrejos, congrios, caballas, sardinas… Junto al puerto se levantan una docena de puestos de comida que preparan los frutos del mar con el toque justo de brasa que convencería al mejor gourmet.
Una de las especialidades de los artesanos de Essaouira es la ebanistería realizada con madera de tuya, de la que encontraremos miles de ejemplos en las numerosas tiendas que comercializan este tipo de delicados trabajos. El perfume de la tuya impregna toda la ciudad, compitiendo con el viento marino en intensidad.
Pero es al atardecer el momento en que los sentidos reciben las más hondas impresiones de Essaouira, cuando los vecinos de la ciudad se reúnen en las murallas que separan a “La bien construida” del mar para disfrutar del ocaso; es entonces cuando uno comprende el verdadero sentido del título de aquel libro de Paul Bowles: “El cielo protector”.
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